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“Lecciones de Vida” de Elisabeth Kubler-Ross y David Kessler Págs. 127-139
Nuestra vida está regida por el tiempo. Vivimos gracias a él y en el, evidentemente, también morimos. Creemos que el tiempo es nuestro y podemos ahorrarlo o perderlo. No podemos comprarlo, pero hablamos de gastarlo, y creemos que organizarlo bien es la clave de todo. Hoy en día, sabemos qué hora es en todos los puntos del planeta, pero antes de mediados del siglo XIX, el tiempo se media de un modo menos preciso. La llegada del ferrocarril creó la necesidad de disponer de unos horarios más estrictos. En 1883 los ferrocarriles canadienses y norteamericanos adoptaron un sistema, todavía vigente, por el que se establecieron cuatro zonas horarias en Norteamérica. El proyecto se consideró demasiado radical y muchos pensaron que las zonas horarias eran insultos a Dios. En la actualidad, consideramos que lo que nuestros relojes establecen es la verdad. Incluso hay un reloj nacional en el observatorio naval que es el guardián oficial del tiempo en Estados Unidos. En realidad, este reloj nacional es un ordenador que obtiene el promedio de la hora de cincuenta relojes distintos. El tiempo constituye una medición útil, pero sólo tiene el valor que le adjudiquemos. La enciclopedia Webster lo define como <<un intervalo que separa dos puntos de un continuo>>. Nos parece que el nacimiento es el principio y la muerte el final, pero es así: sólo dos puntos en un continuo. Albert Einstein observó que el tiempo no es constante, sino que es relativo respecto al observador. Ahora sabemos que el tiempo transcurre a un ritmo diferente según permanezcamos inmóviles o estemos en movimiento; si estamos realizando un viaje espacial o incluso si viajamos en avión o en un metro. En 1975, la Marina comprobó la teoría de Einstein utilizando dos relojes idénticos. Colocaron uno en la tierra y el otro en un avión. Durante quince horas, el avión estuvo volando y se comparó el tiempo de ambos relojes a través de rayos láser. Como Einstein había dicho, el tiempo transcurría más despacio en el avión en movimiento. El tiempo también depende de la percepción. Imaginemos a un hombre y una mujer en un cine. Ambos contemplan la misma película, pero a ella le gusta mucho y a él le horroriza. Para la mujer la película termina demasiado pronto, mientras que para el hombre dura una eternidad. Ambos coinciden en que empezó a las siete de la tarde y que los rótulos del final se proyectaron a las ocho y cincuenta y siete. Pero no están de acuerdo en la experiencia de esa hora y cincuenta y siete minutos. De un modo palpable, el tiempo que experimenta una persona no es el mismo que experimenta otra. Llevamos relojes de pulsera y los sincronizadores para asegurarnos de que llegaremos a tiempo a una reunión, una comida, el cine u otra actividad. Eso está bien: facilita nuestras relaciones y nos permite realizar cosas, comunicarnos y coordinarnos. Pero cuando vamos más allá y consideramos que la designación arbitraria de los segundos, los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses y los años son el tiempo mismo, nos olvidamos de que todos experimentamos el tiempo de un modo distinto, porque el valor del tiempo depende de nuestra percepción individual. Pensemos en el tiempo como si fuera un arco iris. Del mismo modo que aceptamos planificar nuestras vidas de acuerdo con un reloj para asegurarnos de que empezamos y terminamos de trabajar al mismo tiempo, etcétera, supongamos que acordamos ver uno de los colores de ese arco iris del tiempo del mismo modo. Lo cierto es que vemos el resto de los colores a nuestra manera individual. Con el tiempo, todo cambia. Cambiamos por fuera y por dentro, cambia nuestro aspecto y nuestro interior. La vida cambia de forma continua, pero muchas veces los cambios no nos gustan. Aunque estemos preparados para el cambio, con frecuencia nos resistimos a él. Mientras tanto, el mundo cambia a nuestro alrededor y no lo hace al mismo ritmo que nosotros. A nuestro parecer, los cambios muchas veces ocurren demasiado deprisa o demasiado despacio. El cambio puede ser un compañero constante, pero no pensamos que no podremos controlarlo, y preferimos los cambios que nosotros hemos decidido porque para nosotros tiene un sentido. Los cambios que acontecen en nuestra vida no nos tranquilizan, y cuando suceden tenemos la impresión de que la vida toma una dirección equivocada. Pero nos gusten o no, los cambio ocurren, y como la mayoría de las cosas de la vida, en la realidad no nos acontecen a nosotros, sino que, simplemente, suceden. El cambio es decir adiós a una situación vieja y familiar y enfrentarnos a otra nueva y desconocida. A veces no es lo viejo o lo nuevo lo que nos intranquiliza, sino el intervalo entre las dos situaciones. Ronnie Kaye, autora de Spinning Straw into Gold (Convertir la paja en oro), que ha superado en dos ocasiones un cáncer de mama, dice: <<En la vida, cuando una puerta se cierra siempre hay otra que se abre…, pero los pasillos son un infierno>>. Así es como funciona el cambio. Normalmente, empieza con una puerta que se cierra, un final, una conclusión, una pérdida, una muerte. Entonces pasamos por un período incómodo durante el que lloramos aquel final y vivimos en la incertidumbre de lo vendrá después. Este período de duda es duro, pero justo cuando sentimos que ya no podemos resistir más, surge algo nuevo: una reintegración, una reinversión, un nuevo comienzo. Se abre una puerta. Si luchamos contra el cambio estaremos en lucha toda la vida, así que tenemos que encontrar la manera de darle la bienvenida al cambio o, al menos, aceptarlo. Cuando preguntamos a alguien cuántos años tiene, en realidad le estamos preguntando de qué época es. Intentamos establecer un marco de referencia situando a esa persona en el pasado. Cuando averiguamos su edad, sabemos los recuerdos que tiene. Quizá lo sepa todo sobre el Plan Marshall, Jackie Onassis, el primer paseo lunar, los teléfonos de disco o DOS. Podemos rememorar esa información de un modo amistoso, como por ejemplo cantando juntos viejas canciones de los Beatles. Pero también podemos recordarla de una forma hostil y pensar que esa persona es ridícula por haberse dejado atrapar por los postulados hippies. En ambos casos no la vemos exactamente como es en este momento, sino que la juzgamos por la suma de experiencias pasadas. Resulta muy liberador desprendernos de las ideas preconcebidas. Todos hemos oído frases como: <<No parece que tengas cuarenta años>> y la consiguiente respuesta: <<Pues éste es el aspecto que se tiene a los cuarenta>>. La primera persona quiere decir, en esencia, que la otra no encaja en su percepción de los cuarenta años. La segunda señala que ése es el aspecto que ella tiene a los cuarenta años y que no la clasifique según sus expectativas. En la cultura occidental no se valora la edad. No tenemos en cuenta que las arrugas son una parte de la vida y creemos que debemos prevenirlas, esconderlas. Sin embargo, por mucho que encontremos cómo no faltar la energía y el empuje de la juventud, la mayoría de nosotros no querría volver sobre sus pasos, porque recordamos perfectamente la confusión de aquellos años. Cuando alcanzamos la edad adulta, tenemos una mejor comprensión de lo que es la vida y no tenemos tiempo para banalidades externas. Sabemos quiénes somos y lo que nos hace felices. Una vez aprendida esta lección, no la cambiaríamos por volver a vivir la juventud. Este conocimiento y el recuerdo de la juventud tiene muchas facetas, y no todas ellas fáciles, nos aporta tranquilidad. La juventud es la edad de la inocencia, pero también de la ignorancia. Es la edad de la belleza, pero también de una dolorosa inseguridad. A menudo es la edad de la aventura, y con la misma frecuencia de la estupidez. Para muchos, los sueños de juventud se convierten en las lamentaciones de la vejez, no porque la vida haya terminado, sino porque no se ha vivido lo suficiente. Saber envejecer con elegancia es experimentar con plenitud todos los días y etapas de la vida. Cuando hemos vivido verdaderamente nuestra vida, no queremos volver a experimentarla. Lo que lamentamos es una vida que no ha sido vivida. ¿Cuántos años nos gustaría vivir? Si nos dieran la oportunidad de vivir doscientos años o para siempre, ¿cuántos de nosotros lo aceptaríamos? Cuando pensamos en esta posibilidad comprendemos mejor el significado de la duración de nuestra vida. No queremos vivir más allá de nuestro tiempo. Qué vacíos nos sentiríamos si viviéramos en un mundo en el que las cosas hubieran sobrepasado nuestra compresión y todas las personas a las que amábamos hubieran fallecido. Un hombre nos contó una historia acerca de su madre de noventa y dos años. <<La llevé de vacaciones a Dallas, la ciudad donde había nacido. Viajamos en un avión moderno y observé los esfuerzos que hacía mi madre para abrir la puerta del lavabo, provista de palancas que no sobresalían del panel. Ella estaba acostumbrada a los pomos y los tiradores. A la mañana siguiente temprano, la alarma contra incendios del hotel se disparó. Cuando llegué a la habitación de mi madre, ella estaba en el pasillo, en bata y sobresaltada. También estaba enojada porque había olvidado la llave magnética en el interior y la puerta se había cerrado. Estaba muy asustada y no sabía cómo podría volver a entrar, por no mencionar que iba en bata. Cuando volvimos a casa del viaje me dijo: “Ya no pertenezco a esta época. No sé utilizar un microondas, no encuentro el botón para cambiar el canal del televisor, no sé utilizar tarjetas en lugar de llaves y todas mis amistades han muerto. El tiempo ha avanzado, pero yo me he quedado atrás,” fue duro oír aquellas palabras, y me hubiera resultado todavía más difícil comprenderlas, de no haberme dado cuenta durante el viaje de lo frustrante y complicada que se había vuelto la vida para mi madre>>. Cuando miramos el cielo por la noche, contemplamos literalmente el pasado. No vemos el cielo como es ahora, sino como se veía años atrás, desde unos pocos a un millón, pues ése es el tiempo que tarda la luz de las estrellas más cercanas en alcanzar la Tierra. Algo muy parecido nos ocurre con las personas. Pensemos, por ejemplo, en el vecino molesto que teníamos cuando éramos jóvenes. Si entonces pensábamos que era un fastidio, cuando nos lo encontremos estaremos a la defensiva, porque lo veremos como era, no como es hoy en día. ¿Cuántos de nosotros vemos a nuestros padres como son en la actualidad? Ésta es una labor difícil, porque cuando éramos pequeños teníamos la poderosa sensación de que eran unos gigantes que lo sabían todo. Igualmente intensos son los recuerdos en que los vemos como personas malvadas que no nos permitían llevar el pelo como queríamos, estar fuera toda la noche o dejar de hacer los deberes. Si ahora conociéramos al padre de un amigo nuestro, es probable que la impresión que tuviéramos de él fuera más real que la que tiene nuestro amigo, porque no le añadiríamos su información adicional a la realidad actual. De todos modos, incorporaríamos nuestras impresiones sobre los padres en general. Si el padre de nuestro amigo es fontanero, aportaríamos todas nuestras percepciones sobre los fontaneros; si es mayor, incorporaríamos los sentimientos que nos inspira la gente de esa edad, etcétera. También veríamos el pasado en él, pero de un modo distinto a como lo ve nuestro amigo. Tenemos reacciones parecidas ante cualquier suceso mundano. Imaginemos a un niño de una familia pobre. Para él, la llegada diaria del correo supone un momento desdichado, porque con el correo llegan las facturas que inquietan terriblemente a sus padres. Imaginemos ahora a otro niño al que le encanta el correo porque a través de él llegan los ingresos de su padre y las invitaciones a las fiestas de cumpleaños de sus amigos. Cuando los dos niños han crecido el primero reacciona con un ligero nerviosismo ante la llegada del correo, mientras que el segundo lo espera con una alegre expectación. Sus sentimientos no tienen nada que ver con el contenido actual de su correo, sino que son fruto del pasado. En general, no sabemos quiénes son los demás en la actualidad, y lo mismo ocurre con nosotros mismos. Nos vemos como éramos o como queremos ser, pero no como somos en realidad. Se experimenta una maravillosa libertad al saber que la persona que éramos ayer no define de forma absoluta a la que somos ahora. No tenemos que atarnos al pasado. Muchos, al levantarnos por la mañana, nos duchamos y eliminamos la suciedad del día anterior, pero no nos desprendemos de la carga emocional previa, y no tiene por qué ser así. Podemos renovarnos y comenzar de nuevo todos los días. Si fijamos nuestra conciencia en el presente y vemos la vida como es en realidad, podemos empezar todos los días frescos y limpios. Cuando no vivimos el momento, no vemos a los demás y a nosotros mismos como somos, y no podemos ser felices. No debemos cerrar la puerta al pasado, pero tenemos que tomarlo por lo que fue y continuara hacia delante. De este modo nos centraremos en el ahora, en el presente, en el momento que estamos viviendo. Jack tenía la capacidad de vivir siempre en el momento presente. Había participado en varios maratones y siempre estaba en lo que hacía con todos sus sentidos. Cuando entraba en una habitación, miraba a su alrededor como si fuera totalmente nueva, aunque hubiera estado allí miles de veces. Cuando saludaba a alguien y le preguntaba cómo estaba, siempre prestaba atención a la respuesta. Cuando hablaba con alguien, escuchaba de verdad y no pensaba en lo que iba a comer más tarde, la cita de aquella noche o cuánta memoria iba a añadir a su ordenador. Jack estaba siempre ahí, en el presente, de forma palpable; con y para la persona que lo acompañaba. Lamentablemente, Jack padeció un tipo de linfoma especialmente cruel ya que le afectó a las piernas: se le hincharon y fue la primera parte de su cuerpo que dejó de funcionar. Sin embargo, conforme avanzaba su enfermedad su capacidad para vivir el momento presente se acrecentó aún más. Cuando alguien lo visitaba y le preguntaba qué tal le iba, casi percibía cómo examinaba su cuerpo y su mente para averiguar su estado. De la misma manera, cuando preguntaba a alguien como estaba, su forma de vivir el presente hacía que esa persona se sintiera conectada por completo con Jack mientras éste escuchaba su relato. Jack era un elocuente ejemplo de alguien que vive totalmente en el presente. No sólo no estaba atado a su pasado lejano, sino que cuando hablaba la otra persona ya no pensaba en lo que acababa de contar de sí mismo. Sabía como vivir el momento e invitaba a los demás a hacerlo lo mismo. No se le podían dar respuestas automáticas a preguntas como: <<¿Cómo estás?>> o <<¿Qué me cuentas?>>. Conseguía que uno realmente se detuviera a pensar en sí mismo y respondiera con sinceridad. Jack no quería perderse ningún momento; no quería perderse nada. Si era otoño, no vivía rememorando las experiencias del verano. Si era invierno, no vivía esperando la llegada de la primavera. Estuvo totalmente presente en todas las etapas de su vida. Después de conocer a alguien como Jack, uno comienza a comprender el modo en que el pasado y el futuro pueden robarnos el momento actual. Si en este instante nos olvidáremos del pasado y nos centráramos en el ahora para experimentarlo con plenitud y vivir la vida de verdad, nos sorprendería cómo mejora la experiencia del momento. Mientras hablamos con nuestra pareja, debemos volcarnos en la conversación en lugar de pensar en la clase que vamos a impartir; más tarde podremos prepararla, y de este modo tendremos una mejor experiencia con nuestra pareja y haremos una mejor presentación en clase. Vivamos los momentos de uno en uno. Hemos llegado a depender del futuro. Algunas personas viven en él, otras sueñan con él y otras lo temen. Todos estos planteamientos nos separan del momento actual. Un hombre de unos cincuenta años que había tenido que dejar su trabajo a causa de una enfermedad, se despertó en una ocasión en plena noche presa del pánico. Abrió su agenda y sólo vio páginas y más páginas en blanco. Su propio futuro parecía literalmente vacío. Sabía que, debido a aquella enfermedad, tenía que desprenderse del pasado y también del futuro, pero hasta que no hojeó con frenesí su agenda de citas no se dio cuenta de lo que significa despojarse del futuro. Tenía que renunciar a la estructura del tiempo en la que vivimos y nos perdemos. Gracias a esta renuncia, empezó a aprender quién era y cuál era su relación con el tiempo. Al principio tuvo que asumir que el concepto de tiempo, tal como él lo conocía, se estaba desmoronando. Por ejemplo, cuando sus amigos los telefoneaban para preguntarle en qué momento del día podían visitarlo, él respondía que en cualquier momento era bueno, que no importaba. Gracias a este hecho comprendió que su vida continuaría a pesar de que el tiempo y el modo que tenía de llenarlo anteriormente se hubieran venido abajo. Cuando profundizó en sus pensamientos se dio cuenta que cuando su tiempo se acabara, el seguiría existiendo y <<Cuánto más se desboronaba el tiempo artificial, más me daba cuenta de que vivía y de que moriría en el tiempo –explico-. Y empecé a sentir desde lo más íntimo, que soy eterno y existiré después del tiempo. Continuaré existiendo. De hecho, en nuestros centros somos atemporales>>. La realidad del tiempo es que no podemos estar seguros del pasado. No sabemos con certeza si algo ocurrió de la forma que creemos. Y, desde luego, desconocemos el futuro. De hecho, ni siquiera sabemos con seguridad si el tiempo es lineal. Creemos que el pasado ocurre antes y que el futuro se despliega ante nosotros pero con esta idea damos por hecho que el tiempo transcurre en una línea recta continua. Los científicos han especulado con la idea de que el tiempo no es lineal, de que no estamos atrapados en un patrón rígido de pasado, presente y futuro. Si el tiempo no fuera lineal, el pasado, el presente y el futuro podrían existir en el mismo instante. ¿Es esta posibilidad importante? ¿Cambiarían nuestras vidas si el tiempo no fuera lineal, si existiéramos de manera simultánea en el pasado, el presente y el futuro?. Frank y Margaret habían estado felizmente casados durante más de cincuenta años. Estaban muy enamorados el uno del otro y eran inseparables. Cuando Margaret contrajo una enfermedad terminal dijo: -Puedo aceptar mi enfermedad y puedo aceptar que voy a morir. Lo que me resulta más difícil es saber que no estaré con Frank. A medida que la enfermedad de Margaret avanzaba, ella se sentía más y más inquieta ante la idea de su separación final. Unas horas antes de morir, se volvió hacia Frank que estaba sentado junto a su cama. Su mente estaba clara y despierta porque no había tomado medicamentos. Le dijo: -Voy a morir pronto. Y por fin me siento tranquila. -¿Qué te ha hecho sentir mejor? –le preguntó él. -Me acaban de decir que voy a un lugar donde tú ya estás. Tú estarás allí cuando yo llegue. ¿Es posible que Frank esté, al mismo tiempo, sentado en la habitación del hospital y esperando a su querida esposa en el cielo? Quizás. Pero también es posible que la cuestión gire en torno a nuestra percepción del tiempo. Para Frank, que vive y respira en el tiempo, quizá pasen cinco, diez o veinte años antes de que vuelva a ver a Margaret. Pero si ella va a un lugar donde el tiempo no existe, quizá le parezca que Frank llega un segundo después que ella. El tiempo es más largo para la persona que sigue viviendo que para la que muere. Cuando un médico comunica a uno de sus pacientes que padece una enfermedad terminal, los sentimientos de éste respecto al tiempo se vuelven muy intensos. De repente le parece que no hay tiempo suficiente. Ésta es otra de las contradicciones de la vida: cuando pasamos de lo abstracto a lo real, nos damos cuenta por primera vez de que nuestro tiempo es limitado. Pero ¿sabe de verdad algún médico cuando a alguien le quedan seis meses de vida? No importa lo que sepamos sobre el promedio de vida de las personas: no podemos saber cuándo moriremos. Tenemos que aceptar la realidad de que no lo sabemos. Algunas veces la lección resulta clara. Cuando estamos a las puertas de la muerte y queremos saber cuánto tiempo de vida nos queda, nos damos cuenta de que nunca lo sabremos. Cuando pensamos en la vida y la muerte de otras personas, a menudo opinamos que murieron antes de tiempo; sentimos que sus vidas fueron incompletas. Pero sólo hay dos requisitos para que una vida sea completa: el nacimiento y la muerte, de hecho, pocas veces decimos que una vida está completa a menos que la persona haya vivido noventa y cinco años y su vida haya sido intensa, de lo contrario proclamamos que la muerte fue prematura. Beethoven tenía <<sólo>> cincuenta y siete años cuando murió; sin embargo, sus logros fueron enormes. Juana de Arco ni siquiera tenía veinte años cuando fue ejecutada, pero todavía hoy es recordada y venerada, John F. Kennedy Jr. murió junto a su esposa y su cuñada a la edad de treinta y ocho años. Nunca ocupó un cargo público, pero fue más querido que muchos presidentes. ¿Acaso alguna de estas vidas ha sido incompleta? Esta pregunta nos recuerda que asimilamos la vida a un reloj de pulsera y que, por lo tanto, lo medimos y lo juzgamos todo de una forma artificial. Pero lo cierto es que no sabemos qué lecciones tienen que aprender los otros, quiénes tenían que ser o de cuánto tiempo disponían. Aunque nos resulte difícil de aceptar, la realidad es que no morimos antes de tiempo. Cuando morimos es porque ha llegado nuestra hora. Nuestro reto, y se trata de un gran reto, es experimentar con plenitud el momento actual, saber que este instante contiene todas las posibilidades de felicidades y amor, y no perder esas posibilidades por nuestras expectativas sobre cómo debería ser el futuro. Cuando dejamos de lado nuestro sentido de la anticipación, vivimos en el espacio sagrado de lo que ocurre en este momento.
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