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La lección de las relaciones

Lecciones de Vida

Elisabeth Kubler-Ross y David Kessler

Pags. 61-77

 

Una mujer de cuarenta y un años rememoró una noche sin incidentes que había pasado con su esposo unos meses antes. Tomaron una cena sencilla que ella había preparado y después vieron la televisión. Cerca de las nueve, su marido le dijo que le dolía el estomago y se tomo un antiácido. Unos minutos más tarde le anuncio que se iba a dormir. Ella le dio un beso de buenas noches y le dijo que se quedaría un poco más y que esperara que se encontrara  mejor a la mañana siguiente. Una hora y media mas tarde, cuando ella se fue a acostar, su marido dormía profundamente.

Por la mañana, cuando la mujer se levanto supo que algo no iba bien.

<<Simplemente, lo sentí –nos dijo-. Mire al lado y supe que Kevin había fallecido. Murió mientras dormía, de un ataque al corazón, cuando tenía cuarenta y cuatro años. >>

Aquella dolorosa experiencia enseñó a aquella mujer a no dar por seguras las relaciones, las personas y el tiempo.

<<Cuando Kevin falleció, repasé nuestra vida y lo vi  todo un de modo distinto. Recordé nuestro último beso, nuestra última comida nuestras últimas vacaciones, nuestro ultimo abrazo y la última vez que habíamos reído juntos. Me di cuenta de que uno nunca sabe cual será su última salida nocturna o su último día de Acción de Gracias. Y hay “últimos” en todas las relaciones. Quiero poder pensar en todas esas situaciones y sentir que hice lo que pude para estar totalmente presente y no solo a medias. Ahora comprendo que Kevin fue un regalo del que podía disfrutar de un tiempo, pero no para siempre, y esto es así con todas las personas que conocemos. Saberlo hace que valores a esas personas y a esos momentos mucho más.>>

En el transcurso de nuestra vida tenemos muchas relaciones. Algunas, como las de pareja, las que tenemos con personas importantes para nosotros o con los amigos, las escogemos, pero otras, como las de los padres y los hermanos, nos viene impuestas.

Las relaciones nos ofrecen las mejores oportunidades para aprender las lecciones de la vida, para descubrir quiénes somos, a qué tememos, de dónde procede nuestro poder y el significado del amor verdadero. La idea de que las relaciones son grandes oportunidades para aprender puede parecer extraña al principio, porque todos sabemos que las relaciones pueden ser experiencias frustrantes, difíciles e incluso rompernos el corazón. Pero también pueden constituir, y a menudo es así, las mejores oportunidades de las que disponemos para aprender, crecer, amar y ser amados.

Muchas veces pensamos que tenemos pocas relaciones, básicamente las que mantenemos con nuestra pareja y otras personas significativas, pero la verdad es que nos relacionamos con todas las personas que nos encontramos, ya sean amigos, familia, compañeros de trabajo, profesores o dependientes. Nos relacionamos con los médicos a los que vemos sólo una vez al año y con los vecinos molestos que intentamos evitar. Todas estas relaciones son diferentes a su manera, pero comparten muchas características porque proceden de nosotros. Nosotros somos el común denominador de todas y cada una de nuestras relaciones, desde la más íntima e intensa a la más distante. Las actitudes que aportamos a una relación, ya sean positivas, negativas, de esperanza u odio, las aportamos a todas nuestras relaciones. Nosotros decidimos si brindaremos poco o mucho amor a cada una de nuestras relaciones.

EKR   

Hillary, que ya había estado ingresada cuatro veces en el hospital, había pasado los últimos años luchando contra el cáncer, que se le había reproducido, y siguiendo los tratamientos. Su mejor amiga, Vanesa, y el esposo de ésta, Jack me dijeron que podían aceptar la muerte de Hillary, aunque a Jack le daba mucha pena que no hubiera encontrado a esa persona especial y que muriera sola.

Yo le respondí que no moriría sola, que ellos estarían con ella. Durante mi siguiente visita a Hillary, Vanessa y yo tuvimos que salir a hablar el pasillo por la cantidad de visitas que había en la habitación.

<<Jack se sentía apenado porque Hillary no había encontrado el amor de su vida, pero yo la envidio por todo el amor que hay en esa habitación. No tenía ni idea de la cantidad de personas que la querían. Y nunca antes había percibido tanto amor puro por una persona. Creo que Hillary también está sorprendida>>, me contó Vanessa.

Más tarde, aquella noche, Hillary miró todos los rostros que había a su alrededor y dijo: <<No puedo creer que todos vosotros estéis aquí por mí. No sabía que me queríais tanto.>>

Aquéllas fueron sus últimas palabras.

Es posibles que algunos de nosotros no encontremos nunca esa persona especial, pero eso no significa que no disfrutemos de un amor especial en nuestras vidas. La lección que debemos extraer de esta experiencia es que a veces no reconocemos el amor porque lo etiquetamos y consideramos que sólo el amor romántico es el auténtico. Pero hay muchas relaciones y mucho amor a nuestra alrededor. Ojalá tuviéramos la suerte de vivir y morir con la clase de amor que Hillary tuvo a su alrededor.

Las relaciones insignificativas o accidentales no existen. Cualquier encuentro o intercambio, desde los que tenemos con nuestra pareja hasta el que tenemos con un operador telefónico anónimo, ya sea breve o profundo, positivo, neutral o doloroso, es significativo. En el plan general del universo, todas las relaciones son potencialmente importante porque incluso el encuentro más fugaz con un desconocido puede enseñarnos muchas cosas sobre nosotros mismos. Todas las personas que conocemos tienen la posibilidad de ofrecernos paz espiritual y felicidad o conflictos e infelicidad. Todas pueden aportarnos mucho amor y relaciones estupendas en las situaciones más inesperadas.

Esperamos mucho de las relaciones románticas: sanación, felicidad, amor, seguridad, amistad, satisfacción y compañerismo. También esperemos que esas relaciones solucionen nuestra vida, nos libren de la depresión y nos aporten una alegría inmensa. Somos especialmente exigentes con esas relaciones y esperamos que nos hagan felices por completo. Muchos de nosotros incluso creemos que cuando encontremos a esa persona especial toda nuestra vida mejorará. En general, no pensamos así abierta o conscientemente, pero si examinamos nuestro sistema de creencias, encontraremos que esa idea está ahí. ¿Quién no ha pensado alguna vez que si tuviera pareja todo sería perfecto?

Las relaciones románticas son maravillosas y también deseables a pesar de sus dificultades. Nos recuerdan nuestra perfección única en este mundo y que no estamos, en modo alguno, separados de los demás. Los problemas surgen cuando creemos, de forma equivocada, que esas relaciones van a ser la solución de nuestra vida. Las relaciones no pueden ser ni son una solución. Esta forma de pensar es típica de los cuentos de hadas. Sin embargo, no es extraño que muchos de nosotros pensemos de este modo. Después de todo, crecimos con los cuentos de hadas, y muchas personas nos animaron a creer que cuando encontráramos al príncipe azul o a la chica cuyo pie encajara con el zapatito de cristal, nos sentiríamos completos y realizados. Crecimos convencidos de que todas las ranas escondían a un príncipe encantado. De un modo sutil, nos enseñaron que hasta que encontráramos a esa persona especial seríamos sólo una mitad de la naranja, una pieza de rompecabezas que busca ser completado.

La forma de pensar que subyace en los cuentos de hadas es mágica, divertida y tiene su función, pero si abusamos de ella perdemos iniciativa y no asumimos la responsabilidad de hacernos felices y mejores a nosotros mismos y de resolver nuestros problemas profesionales, familiares y de otro tipo. En lugar de eso, creemos que el sentirnos realizados y la solución a nuestros problemas surgirán de ese alguien especial.

Un trabajador de la construcción llamado Jackson vivía como podía después de que le diagnosticaron una leucemia. Poco después de recibir la noticia, conoció y se enamoró de Anne y, tras un corto noviazgo, se casaron. Dos años más tarde, Anne lo cuidaba en el que suponía sería el último año de su vida.

Anne estaba orgullosa de los dos años que habían vivido juntos, y decía:

<< Nunca creí que llegara a amar a otra persona de un modo tan profundo. Antes tenía miedo al compromiso, pero he conseguido asumir el compromiso definitivo. Antes de conocer a Jackson, mis relaciones no duraban más de un año, pero a causa de su enfermedad he podido eliminar todos mis bloqueos. Gracias al amor que siento por Jackson, por fin me siento completa>>

A continuación, ocurrió lo mejor…, y lo peor. Después de que muchos tratamientos no funcionaran, eligieron a Jackson para un trasplante de médula ósea, y éste salió bien. Jackson pasó de estar condenado a muerte a disfrutar de una salud excelente. Seis meses más tarde, nadie habría dicho que había padecido leucemia. Pero entonces la relaciòn con Anne se deterioró. Ella se sentía asfixiada y dominada, y se quejaba de que la pasión había desaparecido. Su reacción no es extraña en relaciones en las que una de los componentes de la pareja esta muy enfermo y existe la posibilidad de que muera.

Jackson era conciente del cambio de Anne y habló con ella:

<<Estabas dispuesta a amarme y honrarme, a ser mi esposa hasta que la muerte nos separara, pero, por lo visto, sólo si yo moría al cabo de seis meses. Sin embargo, no he muerto, y ahora nuestra relación es real, es un verdadero matrimonio para toda la vida. Ahora que no pende sobre mi cabeza una sentencia de muerte, nos enfrentamos a los compromisos cotidianos, a los problemas que tiene todo el mundo. Estoy feliz porque he recibido el regalo de la vida, pero tú actúas como si te hubieran condenado a cadena perpetua.

>>El final feliz se ha convertido en realidad. Después de todo, voy a vivir, pero no existen soluciones mágicas para el matrimonio. Tenemos que resolver nuestros problemas y nuestra relación. Es mucho mas difícil enfrentarse al día a día cuando el “hasta que la muerte nos separe” podría ocurrir cincuenta años más tarde.>>

Después de debatirse y sentirse confusa respecto a sus sentimientos. Anne se sometió  a una terapia para aclarar sus emociones, y aprendió que era más fácil comprometerse ante la perspectiva de una separación.

<<Jackson tenía razón. Me había engañado a mi misma otra vez y había asumido otro compromiso a corto plazo. Comprendí que una cosa era ser la heroína, la mujer que acompañaba a Jackson al final de su vida, y otra muy distinta ser su esposa cuando iba a vivir. Me di cuenta de que había utilizado nuestra relación para reafirmarme, para tener una relación con éxito. Gracias al valor que demostro Jackson  al ser él mismo y decirme la verdad, aprendí que la magia se encuentra en las experiencias cotidianas que vivimos con los demás durante el largo trayecto que realizamos. La enfermedad de Jackson me ayudo a experimentar un sentido del compromiso mas profundo. Después de todo lo que habíamos pasado juntos, me di cuenta de que lo amaba de verdad. Reencontré la pasión sin el drama de la vida o la muerte.>>

Gracias a esa relación Anne ahondo en su interior y aprendió una lección muy importante acerca de los aspectos de ella misma que debía sanar y de lo que es la vida real, y cambió sus fantasías de hadas y héroes por una vida autentica y el amor verdadero.

La realización y la plenitud personales deben proceder de nuestro interior. Ese alguien especial no resolverá nuestros problemas de intimidad y compromiso, no nos hará más felices en el trabajo, no conseguirá que nos asciendan, no mejorará nuestras notas ni hará que nuestros vecinos sean más amables. Si éramos infelices cuando estábamos solos, seremos un esposo o una esposa infelices. Si no habíamos logrado establecernos profesionalmente, cuando encontremos a ese alguien especial nos convertiremos en una persona con pareja pero sin éxito profesional. Si éramos un mal padre, seremos un mal padre con una relación. Y si sentíamos que no éramos nada sin el hombre o la mujer de nuestra vida, tarde o temprano esos sentimientos de vacío afloraran en la relación. La realización y la plenitud que buscamos se hallan en nuestro interior, esperando a que las descubramos.

Si esperemos encontrar la propia realización en la persona a la que amamos, significa que  creemos que no podemos generar nuestro propio amor, que no podemos crear nuestra propia felicidad en nuestro trabajo y en nuestra vida social y personal. La verdadera respuesta consiste en dejar de buscar y en completarnos a nosotros mismos como persona. En lugar de buscar a alguien a quien amar, debemos hacernos más dignos de ser amados. En vez de querer que nuestra pareja actual nos ame más, debemos procurar que valga más la pena que nos amen. Y también debemos preguntarnos si damos tanto amor como queremos recibir, o si, por lo contrario, esperamos que la gente nos ame profundamente aunque no seamos merecedores de ese amor ni seres generosos. Como se suelen decir, <<si no sabes gobernar tu propio barco, nadie querrá cruzar el océano contigo. >> 

Si buscamos amor, debemos recordar que el maestro vendrá cuando estemos preparados para aprender la lección. Cuando haya llegado el momento de que tengamos una relación, esa persona especial aparecerá. No hay nada malo en querer una pareja para compartir la vida, pero es distinto desear una relación que nos aporte cariño y alegría que necesitar a alguien para sentirnos completos. Hemos nacido para encontrar una gran alegría y felicidad en los demás y también para realizarnos y sentirnos plenos. Es probable que, algún día, encontremos a ese alguien especial pero mientras tanto debemos darnos cuenta de que somos valiosos y merecemos valor tal como somos, por nosotros mismos. Todos merecemos ser felices sin más, tener amigos, un buen empleo y todas las cosas maravillosas que la vida nos ofrece.

Debemos tener siempre presente que, sólo por el hecho de existir, somos especiales. Somos un regalo único y valioso para el mundo tanto si tenemos éxito profesional como si estamos solos. No tenemos que esperar a que alguna cosa del exterior llegue o nos suceda: ya somos seres completos. La solución a nuestro problema no se halla en las relaciones románticas. Estemos casados o no, si queremos que en nuestra existencia haya más amor, debemos enamorarnos de nuestra propia vida.

En general, las personas que tienen una relación íntima han de resolver las mismas cuestiones, pero a la inversa. Si tenemos conflictos con el amor, atraeremos a alguien que nos hará de espejo de ese mismo tipo de problema. Si un miembro de la pareja es dominante, es probable que el otro sea pasivo. Si uno es adicto a algo, el otro puede ser un salvador. Si la dificultad común de la pareja es el miedo, uno se enfrentará a él lanzándose en paracaídas o escalando montañas mientras que el otro preferirá tener ambos pies en el suelo y se mantendrá alejado incluso de los ascensores. Los iguales se atraen, pero de una forma opuesta.

Alguien describió este fenómeno en una ocasión con las siguientes palabras<<En todas las relaciones, uno cocina los pasteles y el otro se los come>>. En general, cuando surge un problema uno de los componentes de la pareja es más activo y quiere hablar sobre la cuestión, profundizar en ella e intentar resolver, mientras que el otro la enfocará de un modo distinto y elegirá retraerse, pensar en ella y reflexionar. Ambos creerán que es el otro que tiene el problema y no le gustará el modo con que maneja la situación. Pero desde una perspectiva realista son perfectos el uno para el otro. El enfoque más directo de uno pone en marcha el otro, y la negativa a enfrentarse al problema de éste hace reaccionar al primero.

Todos nuestros pasos se dirigen, siempre, a la sanción de esos aspectos nuestros que están heridos. Pero la mejora no siempre es fácil o evidente. El amor nos pone en la puerta todo lo que necesitamos para sanarnos, aunque a veces sean cosas muy distintas al amor mismo. Si pedimos al universo que nos dé más capacidad de amar, es probable que, en ese momento, no nos envíe personas que amen mucho, sino a personas a las que les resulte difícil amar. Mientras nos esforzamos por relaciones con esas personas, tenemos la oportunidad de dar más amor. Con frecuencia, las personas con las que nos relacionamos activan las cuestiones que tenemos que solucionar como nadie más podría hacerlo. Aunque esas personas nos resulten muy frustrantes, es probable que sean precisamente las personas que necesitamos, las personas inadecuadas son, con frecuencia, nuestros mejores maestros.

Jane, una mujer fuerte y extrovertida, me contó, al final de su vida, que se había sentido víctima de un padre alcohólico que la maltrataba.

 

<<Y elegí a un marido que también era alcohólico y me maltrataba. Al final, me separé de él. Cuando miro atrás, me doy cuenta de que, aunque fue muy doloroso, casarme con él fue lo mejor para mí. Tenía que regresar al pasado y revivir aquellos sentimientos de víctima que había experimentado de niña. Tenía mucho que sanar y aquel matrimonio sacó aquellas cuestiones a la superficie. Ahora me siento muy agradecida por haber vivido aquella experiencia.>>

 

Esto también se cumple respecto a las personas que forman parte de nuestra vida pero que no hemos elegido, o sea, nuestra familia. Nuestros padres, hermanos e hijos, sobre todo los adolescentes, pueden sacarnos de nuestra casillas como nadie más puede hacerlo. Estas personas, aunque a veces resulten difíciles, son nuestros maestros especiales, porque no podemos alejarnos de ellos con la misma facilidad con la que lo hacemos de los amigos y otras relaciones que hemos elegido. Con frecuencia no tenemos más remedio que buscar una solución para que esas relaciones funcionen, y es posible que descubramos que consiste, simplemente, en amarles tal como son.

 

Las situaciones que se produce en las relaciones nos ofrecen todas las lecciones que necesitamos aprender. Como diamantes en una pulidora, pulimos nuestras aristas más afiladas mediante nuestras relaciones.

 

En ocasiones nos decimos a nosotros mismos que seremos felices cuando determinadas cosas de una relación cambien. Deseamos esos cambios porque queremos que la relación nos haga felices. Creemos que cuando consigamos que nuestra pareja o la relación sean distintas, serán la esposa o el esposo perfectos y seremos felices. Pero eso es falso.

 

Nuestra felicidad no depende de que las relaciones cambien para <<bien>>. Nosotros no podemos cambiar a los demás ni nos corresponde hacerlo. ¿Qué ocurriría si no cambiaran nunca o si no tuvieran que cambiar? Además, si nosotros queremos ser quienes somos de verdad, ¿no deberíamos permitir que ellos también lo fueran?

 

Nuestras relaciones son las adecuadas. Aunque la otra persona no sea como queremos que sea, eso no significa que esté actuando mal. Todas las relaciones son recíprocas lo cual significa que somos el reflejo de las personas con las que nos relacionamos. Los iguales se atraen, así que atraemos lo que hay en nuestro interior.

 

Charles y Kathy llevaban casados cinco años. Charles comprendió al aspecto negativo de la idea de que actuamos como un reflejo de los demás:<<Si tengo una relacion aburrida, quizá se deba a que estoy aburrido. O peor, a que soy aburrido.>>

 

En efecto, Charles tenía razón. Pero la parte positiva es que eso hace que el problema sea más tangible. Decir que una relación es aburrida no es una afirmación muy concreta y adjudicamos el problema a la relación.

 

Lo bueno del asunto es que el problema está en nuestro interior, de modo que podemos llegar a él y solucionarlo. La solución nunca consiste en hacer saber a la otra persona que está equivocada para que cambie, y tampoco en conseguir que sea mejor: siempre tiene que ver con nosotros mismos. Nosotros creamos nuestro propio destino y tenemos que descubrir las lecciones que subyacen en las dificultades a las que nos enfrentamos. Demasiado a menudo nos deshacemos de nuestra pareja en lugar del problema. Las parejas nos ofrecen una oportunidad única para descubrir nuestros puntos flacos y a nosotros mismo. Eso no significa que debamos sufrir manteniendo una relación enfermiza, pero antes de separarnos debemos  preguntarnos si el problema reside en nuestra pareja, en la relación o en nosotros.

 

Cuando nos fijamos en la otra persona, perdemos de vista lo que realmente debemos trabajar en nuestra relación, o sea, nosotros. Podríamos decir: <<Qué vacío debo de estar para estar tan lleno de ti.>> La única persona a la que podemos controlar es a nosotros mismos. Si centramos nuestro trabajo en nosotros mismos, las circunstancias que nos rodean cambiarán por sí solas. Eso puede significar que la relación funcione o bien que no sea así y haya llegado el momento de seguir otro camino. Pero se trata, siempre, de un trabajo interior.

 

Cuando preguntamos a distintas personas si querían estar enamoradas, sus respuestas, instantáneas y decididas, nos sorprendieron: <<¡Sí, siempre!>> o <<¡No, nunca! El amor me supondría abandonar mi carrera profesional, sacrificarme y tener que satisfacer en todo momento a la otra persona>>.

 

La primera respuesta es enternecedora, aunque quizá poco realista, pero la segunda tampoco es razonable. ¿Podemos definir el amor como <<un tremendo sacrificio>>? Quizás es lo que aquellas personas aprendieron del amor cuando eran jóvenes. Todos imitamos las relaciones que vemos y aprendemos de ellas cuando somos niños. Si cuando éramos jóvenes estábamos rodeados de relaciones infelices, este hecho influirá en nuestras actitudes hacia el amor y en las relaciones que tengamos a lo largo de nuestra vida.

 

Tenemos que observar nuestras relaciones y preguntarnos: <<¿El amor que doy y el que percibo tienen como fundamento el modo en que percibí el amor cuando era niño?>> Si percibimos el amor como algo dolorosamente complejo, debemos averiguar la razón.

 

Si creemos que el amor constituye una complicación, es probable que, de pequeños, presenciáramos relaciones complicadas.

 

Si creemos que el amor es un abuso, es probable que presenciáramos relaciones abusivas.

 

Si creemos que el amor significa compartir con alegría, es probable que presenciáramos relaciones de cariño y atención. Por desgracia para algunas personas (para demasiadas), con frecuencia confundimos el amor con el control y la manipulación, e incluso a veces con el odio. Pero no es necesario que nos quedemos atascados en esta confusión provocada por definiciones poco acertadas. Podemos redefinir el amor para nosotros mismos, podemos crear las relaciones que deseamos experimentar. Lamentablemente, no solemos actuar de esta forma, sino que mantenemos esas relaciones infelices y esperamos que algo suceda por arte de magia. Del mismo modo que algunas personas se deshacen de la pareja en lugar del problema, otros continúan inmersos en él.      

 

Mantenemos relaciones que no funciona por dos razones: la primera, porque confiamos en que cambiarán, y la segunda, porque nos enseñaron que todas las relaciones deberían funcionar. ¿Cuántas veces hemos oído hablar de personas, o las hemos conocido, que han retomado antiguas relaciones que no funcionaban? ¿Cuántas veces hemos oído casos de mujeres que han regresado con hombres que no quieren comprometerse? Si lo que deseamos es un compromiso, ¿por qué aferrarnos a una persona que tiene dificultad para comprometerse? ¿Por qué volver a un pozo seco?

 

Cuando las personas se sienten frustradas por relaciones que se repiten, es como si buscaran leche en una ferretería. Por muchas veces que recorran los pasillos, no la encontrarán. Si queremos amor, ternura y afecto en nuestras relaciones pero hemos escogido a una persona que, con toda claridad, no puede ofrecérnoslo, debemos escoger a otra. No debemos permitir que los demás sean desconsiderados con nuestro amor, nuestro corazón y nuestra ternura. Y tampoco que las viejas creencias dicten nuestra vida actual. Podemos reescribir las normas, pero para conseguirlo tenemos que aprender a respetarnos a nosotros mismos y a los demás y volver a grabar sobre las viejas cintas. Podemos encontrar por nosotros mismos una nueva definición del amor, una que de verdad signifique tratar a la otra persona como a alguien valioso y merecedor de un gran amor y dedicación. Y podemos esperar el mismo trato hacia nosotros. Se trate de lo que se trate, nos corresponde a nosotros definir nuestra propia vida.

 

Además de decidir qué clase de amor queremos, tenemos que aprender a amar sin crearnos ilusiones. Si nuestras relaciones son puras, si permitimos que el universo actúe y aprendemos las lecciones conforme aparecen, basaremos nuestras relaciones en la entrega, el compartir y la participación fluida de ambas partes. Cuando dejamos de intentar cambiar a nuestra pareja, sentimos el poder del amor, sin falsas ilusiones, y ya no tenemos que planificar, esforzarnos, luchar, manipular o controlar. Entonces se acaban esta clase de situaciones: <<Es que si no le controlara, no lo haría>> o <<Ella no será quien quiero que sea si no cambio algunas cosas>>. Debemos aprender a compartir nuestras verdades con la otra persona. No hay nada malo en discutir con nuestra pareja sobre algo que nos molesta. Pero el enfrentamiento con expectativas significa manipulación. Debemos hablar y expresar nuestra opinión, pero no sólo para obtener la reacción que deseamos.

 

Si nos aferramos a nuestras expectativas e ilusiones, no amamos de verdad. Dejemos que el otro sea él mismo. Y si nos abandona, será porque tenía que ser así.

 

Vivir cada día como si estuviéramos al borde de la muerte, nos hace darnos cuenta de que tenemos ideas preconcebidas sobre cómo debería ser nuestra vida. Muchas veces, alguien es feliz en su relación de pareja pero se plantea, una y otra vez, si la otra persona estará allí al cabo de veinte años. Quizá lo esté y quizá no. No podemos conocer el futuro.

 

También resulta difícil valorar a las personas como son ahora y no centrarnos en el pasado o el futuro. ¿Cuántas veces no nos quedamos estancados en el recuerdo de algo que hicieron hace mucho tiempo y dejamos que aquel recuerdo infeliz influya en la opinión que tenemos de ellos, aunque se hayan disculpado y hayan cambiado? Conservamos nuestros clichés y queremos castigar o hacer ver a esa persona que nos hirió en el pasado. Nos aferramos a nuestros sentimientos y acumulamos resentimiento y pruebas en contra de la persona que amamos. Si nos apegamos a las heridas del pasado es porque ya no tenemos la intención de amar a esa persona. En lugar de aferrarnos a esos sentimientos desagradables, debemos aprender a quejarnos cuando nos hieran y decírselo directamente a la persona que lo ha hecho. Entonces podremos seguir avanzando.

 

Cuando nos libramos de las imágenes futuras, de las expectativas acerca de cómo deberían ser las cosas, de nuestras estrategias y nuestros planes, el amor cobra vida propia y va adonde quiere ir en lugar de donde nosotros intentamos dirigirlo. De todos modos, nunca tenemos mucho éxito en ese intento. Pero cuando soltamos las riendas, el amor suele llevarnos a lugares tiernos y maravillosos que ni  siquiera habíamos imaginado.

 

No todas las relaciones han de durar toda la vida; algunas tienen que acabar. Ciertas relaciones duran cincuenta años; otras, seis meses. Algunas sólo se terminan de un modo completo cuando una de las personas muere, y otras se acaban mientras ambos están vivos. La duración de una relación, o la forma en que termina, nunca es equivocada. Se trata, simplemente, de la vida. Lo que tenemos que tener en cuenta respecto a las relaciones es si están completas o no y cómo lograr completarlas o terminarlas de la mejor manera posible.

 

Del mismo modo que consideramos que la muerte es un fracaso, creemos que las relaciones, si no son duraderas, también lo son. Igual que opinamos que una vida completa y de éxito es aquella que ha durado noventa y nueve años, sentimos que las únicas relaciones completas y de éxito son las que duran para siempre. En realidad, las relaciones son satisfactorias y nos sanan incluso si terminan después de sólo seis meses. Cumplen la función que tienen que cumplir, y cuando ya no son necesarias es porque se han completado y han conseguido su objetivo.

 

Por desgracia, no siempre somos conscientes de esta realidad. James creía que podía hacer funcionar cualquier relación, pero nos hizo partícipes de sus sentimientos de desasosiego respecto a una de ellas:

<<Mi amiga Beth y yo tuvimos una relación de pareja que se terminó hace dos años. Yo nunca creí que estuviéramos destinados a estar juntos, pero de todos modos sentí que habíamos fracasado en nuestra relación. Me sentí herido, enfadado y triste, y ella también. Hace un mes, y durante cuatro días seguidos, me fui encontrando con personas que habían visto a Beth la noche anterior. También coincidí con su compañera de trabajo, que era su mejor amiga. Pensé que aquello quería decir algo. Quizá que tenía que llamar a Beth, quizá que la relación no debía haber terminado, así que la telefoneé y salimos a cenar. Durante la cena, en ningún momento mencionamos la posibilidad de volver a estar juntos, pero hablamos de lo mucho que habíamos aprendido el uno del otro y de que seríamos mejores en nuestras próximas relaciones gracias a lo que habíamos tenido juntos. De un modo sorprendente, aquella conversación hizo que dejara de ver nuestra relación como un fracaso y la considerara completa y satisfactoria.>>

 

Algunas personas reaparecen en nuestra vida. A veces ocurre porque esas relaciones no han terminado y tenemos más aspectos que sanar. Sin embargo, otras veces vuelven a aparecer esas personas porque aunque la relación haya terminado en nuestra mente no está completa. Tenemos que redondear el final. En ocasiones esto significa, simplemente, que tenemos que cambiar nuestra percepción de la relación y dejar de considerarla incompleta o un fracaso.

 

No existen errores en las relaciones. Todo se desarrolla como deber ser. Desde nuestro primer encuentro hasta la última despedida nos relacionamos los unos con los otros. A través de nuestras relaciones aprendemos a ver nuestra alma, con toda su rica topografía, y a avanzar hacia la sanación. Cuando nos despojamos de nuestras expectativas sobre las relaciones amorosas, dejamos de preguntarnos quién será la persona amada y cuánto durará la relación; trascendemos esos límites y encontramos un amor que es mágico y que ha sido creado por una fuerza superior a nosotros, y es especialmente para nosotros.         

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Última modificación: 31 de December de 2008